Al terminar el verano, icé velas rumbo a otros puertos mediterráneos. Ahí donde el silencio habla, sin más ruido que el rumor de los pinares y la salmodia de las cigarras, de antiguas historias de héroes y dioses, de esa Grecia eterna, de la luminosa alma que aún palpita bajo sus ruinas.
Nunca amé tanto a mi patria mediterránea como en las islas griegas. Durante un par de semanas recorrí en moto sus parajes áridos y solitarios, con el viento azotándome la cara y una liviana sensación de felicidad. Sus cielos son hondos, sus aguas quietas y verdes, el olor a pinar inunda la costa y el monótono guitarreo de las cigarras parece vagar por una eternidad somnolienta. La inmensidad de sus cielos y su potente luminosidad me alegraba el alma, que paseaba gozosa entre callejones de inmaculados muros blancos y cúpulas
azules que daban al mar. En cada rincón brotaban las buganvilias y los gatos dormitaban perezosos bajo su sombra.
Un día subí hasta una pequeña iglesia situada en la cima de la colina sobre la que se extendía un pueblo llamado Pyrgos, en Santorini. Al llegar a la iglesia trepé por unos escalones hasta la bóveda y, de repente, sentí una fuerte sacudida de viento que me empujó hacia atrás. Mientras me recomponía empecé a contemplar maravillada la isla que se abría a mis pies y los instantes se detuvieron ante aquella inmensidad azul. El viento mecía mi cabello, la alegre luz del sol me acariciaba la piel y los aires marinos me saludaban. El silencio, tan sólo oía silencio... todos los sentidos estaban en paz, el mundo entero estaba en paz. Después de eso no puedo más que agradecer a los dioses haberme concedido pasar allí unos días, en ese lugar y en ese momento. Gracias por tanta belleza, gracias por esta sobredosis de vida.







